
No me apetece hablar más alto, de hecho ni siquiera me apetece hablar. Se está cómodo así. Ni bueno ni malo; cómodo. Hoy lo único que me apetece es quedarme sentada a oscuras en la cama, escuchando canciones que ya me sé de memoria, con el flequillo revuelto delante de la cara y haciendo esas os con el humo que nunca me han salido del todo bien. Hoy no me apetece enfrentarme al mundo, ni siquiera a mí misma. He firmado un tregua con lo que quiera que se revuelve dentro de mí. Hoy no quiero que nadie mi abrace, ni que nadie me haga abrir los ojos. Porque el no necesitar a nadie no signifca forzosamente que ya ni sientas ni padezcas, no significa que te hayas puesto la coraza, aunque la mayoría de las veces sepas que es así. A veces cuando no necesitas a alguien, cuando no echas de menos que alguien aparezca y te lleve lejos de todo, no significa que una parte de ti haya muerto. A veces significa, sencillamente, que durante unas pocas horas, unos pocos días, has logrado estar en paz. Que durante unas pocas horas has logrado dejar de depender de cosas que nunca han estado a tu alcance.

